Aviso de utilidad pública

Solo por si acaso, ahora lo atendemos acá

Para llevar

Nadie se atrevió a decirle nada. Con un poco de paciencia, se daría cuenta ella sola que dejó a su madre en el restaurant.

Momento desperdiciado

- Miguelángel, ¿Sabes qué es Google?
- No.
- Bueno, cuando lo escuches, compra acciones. También, cuando un profesor te diga que la palabra “caballo” y un dibujo de un caballo no son lo mismo, dile que los dos son signos y el caballo no es un ícono. ¿Te acordarás?
- Creo que sí…
- Más te vale. También recuerda: cuando estés en aprietos, AxT??… insisto, ¿Te acordarás?
- Sí, ahueonao, deja de hinchar…
- ¿De dónde aprendiste tan malas palabras?… en serio, que no me acuerdo… Bueno, no importa… Majora’s Mask no lo vale… Lo que sea, pero no Periodismo… Anda al concierto de Oasis… Álvares se escribe con s, no con z. Ah, importante: inventa ponerle borde de queso a la pizza… Compra un piano, toca harto. Me lo agradecerás…
- ¿Algo más, Sr. Hincha Pelotas?
- Respétame hijo de puta que soy mayor que tú… Antes que se me olvide: cuando ella te diga…

Y, sin darme cuenta, estaba ya de vuelta en el año 2009.



Eugene Atget, Le cirque

Profecías apocalípticas V

Se acaba el Universo, la materia y la energía han desaparecido de la manera como las conocemos, y la Vida se evapora hacia el olvido absoluto.

Entonces se escucha en todas parte el ruido de la cadena del wáter, y Dios se sube el cierre.
.
.
.
.

Eustaquio Berengeli, In town

Manos sosteniendo el vacío

A veces me pregunto, ¿Qué pasaría? Entonces salto la reja, y por un segundo estoy seguro de que voy a caer bien, pero termino con los dientes en las manos y un ojo ciego y deforme. Seiscientos años deambulé como mendigo, (más o menos) vi muchas cosas de este mundo y del otro, nadie mira a los diferentes y así podemos caminar por entre vivos y muertos a placer.

Un día, no recuerdo la era, discutían un grupo de hombres en la plaza del pueblo, sobre si ahorcar o no a un ladrón de 13 años. Tanto tiempo había pasado desde que soltara sonido alguno, por la vergüenza de mi sonrisa vacía, que mis palabras tardaron mucho en cobrar sentido. Sorprendidos vieron los hombres de ropas blancas como este mendigo curco, ciego y mudo lanzaba casi imperceptibles pero poderosos argumentos, citando la ley imperante y los ejemplos de otras civilizaciones ya prácticamente olvidadas, con la intención de ablandar sus razonamientos y permitir que liberaran al muchacho. Sabía que no lo harían, pero tantos siglos han pasado ya que poco me importaba que me ahorcaran también. Lo intentaron, pero resulté imposible de matar. Cansados y decepcionados, nos dejaron ir a ambos.

Cuatrocientos años anduvimos recorriendo el mundo como músicos ambulantes, y aunque él me amó y yo hasta cierto punto también lo amé, mi vejez y mi vergüenza me impidieron hacer más al respecto. Yo tocaba el mandolín y él cantaba por algunas monedas, que cambiábamos por vino y tabaco, sin un plan muy seguro. Cuando llegamos al fin del mundo, acordamos tomar caminos separados, él hacia el sur, tomando la ruta del primer río, y yo decidí seguir avanzando más allá del mundo, triste en el pensamiento que no quedaba nada para mí allí donde había estado.

Creo que fueron cuatro mil los años en absoluta oscuridad y soledad. Caminé la mitad de ese tiempo, pero cuando ni mis piernas ni mis manos podían seguir soportándome, decidí sentarme a esperar para siempre.

La luz me habría cegado si hubiese podido reconocerla, pero ya no sabía qué era eso. Tampoco los pasos que retumbaban como explosiones en el silencio absoluto. No me importaba que el calor golpeara mi rostro, ni que figuras vagamente familiares estuviesen frente a mí. Uno de ellos me arrancó de la oscuridad y me acercó a la luz. “Aquí encontré otro”, dijo sin mucha emoción, y me guardó en su bolsillo.

Doscientos años recorrí el mundo, pasé de las manos de un minero a las de un narcotraficante, fui usado para comprar un avión, y tres guerras estallaron gracias a mi. Sentía tanto odio hacia los hombres y su desprecio de todo lo que les rodea, que me encerré en mi mismo y me volví negro, pesado y radioactivo. Sin que ellos supieran, maté a una civilización entera en cuatro generaciones, y acabé con toda la vida a varios cientos de kilómetros a mi alrededor.

Por treinta millones de años fui un desierto, inhóspito e interminable. Hasta que llegó el agua, un día cualquiera, sin aviso, y me inundó. Sentí alegría de nuevo, o lo que creo que era alegría. Entonces me convertí en reja, y así viví feliz por casi 25 años, hasta que, curioso, me pregunté qué pasaría.


Alberto Giacometti, Diego

Zapping

El hombre no puede esperar el ascensor, tiene que bajar las escaleras para encontrarse con la chica. Qué escena más repetida.

Debe ser triste ser villano, vivir con el miedo de que tus propios amigos te podrían matar, en cualquier momento. Ese no es lugar para criar a tus hijos.

Nos gustaría, pero no podemos subirle más al volumen.

Me perdonará Bertoni...

.
.
.
.
Pensaba en sus piernas,
y en lo bien que se veían con pantys.
.
.
.
.
.


Man Ray, Sin título