La resistencia

Todos desaparecieron. En una espesa neblina. Solo quedamos tres de nosotros, mirándonos, preguntándonos qué vendría después.

Y después, vinieron, tal como no lo sospechamos, unas criaturas gigantescas, del porte de edificios, corriendo directamente hacia nosotros. Parecían elefantes monstruosos, lisos como si fueran de plástico, y pesados como plomo. Ella hizo una seña, que no entendí hasta que él salió corriendo hasta desaparecer: desplegarse. Me alejé lo más que pude, como una vil rata, y comprendí que fui cobarde como jamás había sido. Ahí como un corte profundo saltó a mi memoria aquel momento patético en que estábamos sentados en una banca, ahogados en silencio, y no me atreví a decirle todo lo que quería decirle, mientras el viento soplaba hirviente. Los gritos llenaban todo, el polvo olía a sangre, y no podía dejar de pensar en ella, tan simples palabras que nunca dije. Movimiento de cabeza, un retortijón cerebral, una llamarada seca, otros recuerdos cualquiera que me llevaran a otra parte, o a ninguna. Solo cuando tres dedos tocaron mi cara sentí la sangre corriéndome por la mejilla.

- ¿Estás bien?
- Sí -“un segundo, reagrupemos…”- ¿Qué hacemos?
- No sé… no sé qué hacer…

No podría contar lo triste que la vi, cansada, sin respuestas, completamente vencida por una situación imposible. Me recordó a

- Hay que salir de aquí -le grité entre la bulla inaudible. No sé cuántos segundos esperó, quizás siete, pero me miró e hizo un gesto cinematográfico: “Da la señal…”. Y la vi morir un poco frente a mis dos ojos.

Otro sector perdido, estábamos cada vez más lejos. Nadie creía que hubiese forma posible de seguir resistiendo. Pero ahí estábamos, qué más podíamos hacer.


Robert Capa, Loyalist Militiaman at the Moment of Death

Polrtido

Esta es la historia de un niño que hablaba su propio idioma, muy simple y conciso, pero que expresaba todas esas cosas que quería decir, con una especifidad asombrosa. Lo que ocurría era que, cada vez que el niño veía, pensaba, escuchaba o sentía algo, inventaba una palabra, solo una palabra, que expresara exactamente esa idea, ese objeto, ese momento, ese instante inmensurable. Así, el día 4 de abril de 2005, a las 17 horas 8 minutos 44 segundos 5 centésimas y 0 milésimas, el niño vio que una hoja de papel acostada en la mesa del comedor se levantó ligeramente, justo en el momento en que su madre abría la ventana del baño. El niño, feliz con el momento, dijo “folinpla”, y entonces ese momento se llamaría folinpla para siempre, en su original idioma personal.

En otra ocasión, el niño bautizó “jkamirae” al acto de ir a la habitación de su hermano mayor para decirle que el almuerzo de tortilla con arroz estaba servido en la mesa, un jueves veintidós de septiembre de 2001 a las 2 y cuarto de la tarde. Y así, un chbacril ocurría cuando leía la palabra “interesante” en la portada del Mercurio de Valparaíso del 7 de mayo de 2003 en el sillón que usa su papá para leer el diario, siempre y cuando vistiera pantalones cortos verdes y su hermano escuchara “Happiness is a warm gun” a todo volumen en su pieza. Y agrimpto era ese momento cuando su profesora le dijo que hablara más fuerte en la clase de Matemática, y él respondiera que “6”. Aunque su idioma privado contaba con más de trescientas palabras, él jamás usaba ninguna más de una vez, y el lenguaje evolucionaba tan rápido que ni siquiera él recordaba más de cuarenta o cuarenta y cinco términos.

Un día, su mamá le preguntó que le pareció el programa que recién había visto en la tele, y él le respondió que le pareció oglimporní. La mujer, que era completamente analfabeta en el idioma de su hijo, se preocupaba sobremanera y tenía largas discusiones con su marido al respecto. Aunque él desestimaba que fuese algo serio, ella se salió con la suya, y haciendo un par de llamados y acordando algunas citas y formas de pago, consiguió que hijo fuera a una fonoaudióloga.

El niño realmente odiaba estas sesiones. A las tres primeras que tuvo, las llamó rufmmant, ohjktri y hasta gglubco. La fonoaudióloga, convencida que el problema del paciente consistía en un desorden más profundo, le recomendó a la madre que llevara a su hijo al psicólogo. Ella inmediatamente obedeció, aterrada por el futuro de su niño, y lo llevó al mejor profesional que su dinero pudo comprar. El chico disfrutó mucho más estas sesiones. Realmente sentía que el hombre alto y canoso podría llegar a comprender un poco de su idioma, aunque sin duda le faltaría mucho para llegar a ser un prolijo hablante. Por ejemplo, cuando el niño le dijo que a la puerta werchudsca, el hombre le preguntó si con eso se refería a “cerrada”. El niño le contestó que para nada, que werchudsca significaba que la puerta del Dr. Henríquez tenía un olor que le recordaba una vez cuando tenía cuatro años, en la piscina de la Universidad Santa María y tragó un poco de agua sin querer. El doctor, con una sonrisa, anotó algo en su cuaderno, se quedó callado un par de minutos y le respondió que este momento, para él, era megriztaquia.

Esa tarde pasaron la hora entera hablando en el idioma del niño, describiendo todo aquello que veían, olían, pensaban, recordaban, decían y hasta aquello que no sentían ni conocían, pero que podían darle nombre. El niño, feliz, salió de la consulta creyendo opnic, y que lo había pasado bshurtólera.

Pasaron las semanas y la mamá, viendo que su hijo cada vez más hablaba mejor el idioma, decidió que las sesiones con el psicólogo no funcionaban, y lo canceló. El psicólogo trató de explicarle diciendo: “Su hijo ha creado algo muy hermoso, un idioma propio para describir lo que le rodea, un mundo a su medida en el que cada cosa y cada momento es único, un verdadero polrtido”. La mujer, luego de gritarle al hombre durante quince minutos, salió del edificio convencida de que todos los psicólogos estaban locos.

A partir de entonces, la mamá y el papá decidieron castigar al niño cada vez que decía una palabra en su idioma, dándole una cachetada en la boca o mandándolo a su habitación con un grito. Con el tiempo, el niño aprendió a no hablar más en su lengua frente a otras personas, y años después terminó por olvidarlo por completo. Creció, estudió mucho y se volvió un exitoso psicólogo.

Todo esto lo cuento porque el otro día, cuando este psicólogo le preguntó a su hijo por qué no quería comer la ensalada, él le respondió que ufgchaia. Le pegó una patada tan fuerte en el poto que el pobre chico no se pudo sentar bien en toda esa tarde.

Capítulo 3

El pianista tocaba una melodía sin forma, la mujer de largas piernas dejaba caer su traje negro por la silla, tirando al aire el humo de un cigarro fino. Lo miré y me miré, la línea que partía de su mano corría loca por el borde del vaso hasta la barra, viajaba tranquilamente por las estrías de la madera, caía hasta el piso, rodeaba mis pies, se escabullía entre las mesas de hombres solitarios y vasos llenos, se elevaba con el humo y danzaba entre la melodía, caía estrepitosamente al piso con ese silencio visceral del fin sin aplausos, definía las esquinas y las paredes, los rostros, las luces, las mesas, las sillas, los ceniceros, las servilletas, los zapatos lustrados el mueble las botellas los ojos la puerta la ventana los ladrillos y el mosaico del piso. De aquí saldremos, pero no saldremos más. Su vodka se entibiaba con cada pensamiento.

- Sabía que no quería que la encontraran. Pero no quería saber.

No pude sino entenderlo. Porque al final qué no queremos todos, sino no saber. No estar seguros de si estaríamos solos o no, si quizás hubiese alguna esperanza, un resquicio vago. El pianista se iba, Buddy Richard sonaba por los parlantes. No quería tomar mi trago, así que levanté el brazo y tiré todo el whisky que pude en la boca, sin saborearlo. El barman conversaba con la mujer al otro lado.

- Todo es la misma cosa -me dijo-, son todas las cosas iguales. Nunca tuve un trabajo fijo en mi vida, jamás tuve una razón para estar vivo de verdad. Pero vivo, never the less. No hay poeta que haya capturado nuestra verdad.

Escuché. Este hombre estaba ebrio, las formas se desfiguraban en mil formas, Richard cantaba cielo, no me dejes solo, sin ti. Y yo pesaba tanto, debería haberme acostumbrado ya. Tomé mi sombrero e hice un gesto al barman, que me sonrió y retiró mi vaso. Mientras me alejaba miré al hombre encorvado en la barra, abandonado entre siluetas grises y vasos vacíos, y pensé que quizás hubiese querido saber que ella no quería a nadie. Pero me arrepentí y abrí la puerta, solo para encontrarme otra vez en ese maldito bar, esperando a otro maldito cliente.

FIN

Capítulo 2

Sus piernas abiertas brillan contra la pared, bronceadas y finas, sus ojos dicen cosas que jamás las palabras podrían decir, sus ojos deseaban falsamente mis ojos. Y ahora es solo la habitación, el techo y las paredes que reverberan a su alrededor. Las paredes están frías, pero se agitan. Las ventanas son opacas, y el reflejo de una ampolleta le esconde el paisaje allá afuera: no hay luz y las casas todas caen, se derrumban y vuelven a ser partículas. Ella no está ahí, su rostro se traga a sí mismo, las piernas se retractan y se encogen, su cuerpo es ahora gas. Sólo su voz hiere la piel; y la piel está húmeda, tiene miedo porque la casa se desarma, mientras la voz continúa recorriéndole los brazos, que tiemblan con mi roce invasivo. La ataco con mi cuerpo, me lanzo sobre ella deseando que no estuviera. Y ahora tampoco estoy yo, mis dedos se ocultan en sí mismos, veo escenas de sexo en una tina, y cortinas húmedas acompañan su jadeo intermitente. Sólo cierta rabia al oír su voz, pero ella no está ahí: la habitación, absolutamente vacía, solo la silla que delata la espalda y la un poco extraña textura de la alfombra. Todo, el Universo completo se encierra entre sus cuatro paredes, y en la inspiración antes de volver a comenzar se encierra toda una noche que no es tal, son fotografías inconexas. Por ese segundo creo que no es tan horrible, que quizás es posible vivir y no sentirse miserable, cierro los ojos y es solo la silla, el frío debajo de las uñas, y las comisuras de los labios. Ella es tan débil, y su cabello me envuelve en debilidad. No hay que temer a la soledad, la ventana está a punto de quebrarse y ella termina de respirar. Silencio, vacío, no hay silla, ni soledad, la luz es fuerte y remarca todo.

Aplasto las cenizas con el cigarro, y ella me mira y yo asumo su mirada, veo sus pensamientos como si fueran míos, sabiendo que no lo son. Todos en la Ciudad gris tienen la misma mirada de abandono, pero ella más que todos, con su sonrisa falsa, desmedida. Yo era otro que se aprovechaba de nuestras muertes, que miraba su cuerpo como un arma, como una droga.

- Tienes una idea bien extraña del amor -me dice tiernamente, con sus dedos sobre mis dedos. Y yo me siento tan insensible, mis pensamientos se escapan a otras mujeres, a otras sábanas en las que quizás no he estado, pero que tengo en la mente. Ella no me quiere, pero yo podría quererla, si la quisiera.

La habitación cede, el techo se derrumba. Ya tampoco hay habitación. Nosotros sentados entre las paredes bajo el techo, sobre la alfombra. Ella habla, escucho que «está de acuerdo en muchos puntos pero no en todos». Su rostro se ve bien bajo esa luz, nos da la ilusión de estar viva, de ser concreta. Pero la habitación no está ahí, sólo está la habitación. Despierto y ninguno de los dos está ahí.

Capítulo 1

Nunca conocí a mi abuelo. Para mi era un fantasma loco, otro de esos viejos sin forma que pueblan el mundo, que invaden nuestros sueños con mensajes simbólicos y palabras sin sentido. Yo era de esos hombres que vagaban sin conciencia, que andaban buscando definiciones que ya estaban, que creían que nada estaba dicho.

Me acerqué al bar, y puse mi sombrero sobre la barra. Miré con odio al barman, y le hice entender que esta noche íbamos a ser rivales. El pianista tocaba una melodía sin forma, la mujer de largas piernas dejaba caer su traje negro por la silla, tirando al aire el humo de un cigarro fino; más allá, dos hombres se dejaban enmascarar por la oscuridad mientras miraban al suelo sin hablar, junto a un whisky y tres vasos brillantes. Todo era negro. Y blanco. Y había otros colores también, pero no eran importantes.

- Quiero una cerveza -dije, con el cigarro bailando en la boca.
- Tenemos importadas, exportadas y traídas del futuro.
- ¿Qué año?
- 2067
- Buen año... tráigala, helada.

El hombre con la cravatta a farfalla desapareció tras una puerta. Por los bordes se vio un fuerte resplandor y todo el bar escuchó el ruido mecánico, tanto que el pianista se confundió un poco. Volvió con la botella helada, y más canas en su cabello.

- Esto me matará algún día -dijo.

No supe qué decir. Todos nos íbamos a morir, pero ese no era consuelo. Porque aquí todos moríamos más rápido, mucho antes de lo que deberíamos. Agarré mi cerveza de una rápida pasada y miré alrededor. Estaba atrasado.

- ¿A quién esperas? -preguntó el barman.
- Al cliente.
- ¿Y estás seguro que vendrá?
- Vendrá
- ¿Y cómo sabes?
- Porque es lo que hace
- ¿Por qué?
- Porque es un ladrón -y los dos asentimos.

El hombre con la espalda encorvada y los pasos torpes mostraba tal nostalgia, que lo identifiqué inmediatamente. Se sentó a mi lado lentamente y pidió un gin tónic con voz temblorosa, el rostro muerto tras las arrugas secas y la expresión vacía.

- Necesito que la encuentre -dijo sin mirarme, pasándome una fotografía desesperada y un billete extraviado. La mujer no era una mujer, era un fantasma que se escabullía tras la perspectiva y la penumbra del humo y la sonrisa, sonrisa falsa, desmedida.

Varios tragos nos alejan de esta escena. Somos tres personas, abatidas por la oscuridad de la Ciudad que es gris. Nos abandonan tantas almas cada día que parecemos cáscaras, mientras los autos andan a nuestras espaldas. El viejo me mira con cariño ebrio, con simpatía momentánea.

- ¿Por qué estaremos condenados a estar solos? ¿Por qué todo en esta ciudad es gris?

Tomé el largo trago me que separaba del olvido. «Y Dios creó al hombre», le respondí. No había más entre nosotros.

Poema borracho

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Si pudiera,
Le echaría gin al televisor.
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Poema consecuente

Pedí un Fidel Castro
Pero me dio un Cuba Libre.

No le dejé propina.

La esquina

Contó los billetes, todos ellos, y se fijó en los números de serie. Luego los puso sobre la mesa, y los alejó con el dedo. Miró hacia el costado, esperando encontrar algo que decir o hacer, una mueca indiferente, una explicación fácil. Mientras le describían el procedimiento se revisaba las uñas, preguntándose por qué había decidido dejárselas largas, o por qué todos los acontecimientos confluyen en un ahora inevitable y no en múltiples ahoras, donde poder detenerse y comparar los espacios vacíos con los espacios llenos, las negaciones con las indirectas, las uñas largas y las cortas o las actitudes simuladas. Habría esperado que el hombre enfrente suyo le explicara la naturaleza en términos simples de blancos y negros, pero notaba en sus manos que cualquier intento sería inútil. Las comisuras y las venas se movían como aire en el aire. Podía trazar su curso siempre un segundo antes de que, de hecho, llegara al punto supuesto. No, una discusión no habría tenido sentido. Necesitaría poder comparar.

Ahora está Carlos a su lado, con su sonrisa burlesca, insinuándole lo que ella ya sabía, pero que no había notado hasta que él se lo indicara: las palabras que el hombre usaba eran típicas, ordinarias, y le quitaban toda la dignidad que debiera tener un matrimonio. Gracias a un rápido movimiento de cejas, supo que él estaba pensando en levantarse y correr hacia la puerta, dejarla hablando sola con el sacerdote y que después le contara los grandes rasgos. Por un segundo tuvo miedo. ¿Y si al buscarlo afuera ya no estuviera? ¿Y si, al salir, accediera a un pasillo en el que él estaba en otro bar, esperando a una Adriana diferente? Ahora Carlos le pregunta al cura si puede fumar. Ahora sonríe disculpándose. Ahora se aleja y ya no hay más Carlos. Antes usó las mismas palabras para expresar ideas distintas. Todo depende del contexto. Adriana suspiró rendida y siguió escuchando.

Cuando le preguntó a una amiga, ella le respondió que Carlos era pésimo pintor. Así que decidió desempatar las opiniones e ir personalmente a su estudio. Allá se encontró con un Carlos mentalmente anárquico, físicamente raquítico y espiritualmente descolocado. Llevaba cuatro días pintando un retrato sin pies ni cabeza, ridículo, donde la nariz y los ojos desentonaban desagradablemente con las orejas y el mechón desordenado sobre la frente. Esa vez, Carlos le planteó el problema del ayer, y que solamente librándose de él podría ver el ahora como era ahora, no ayer. Porque sin ayer, el ahora pierde sentido, y se hace de ese modo visible, no como un yo, sino como un ahora, no ese falso ahora que… y así continuó hablándole durante el almuerzo, mientras ella asentía y miraba por la ventana, preguntándose si en algún ahora todo sería más directo, pudiera besarlo en la frente y decirle que ya estaba bien, que no era necesario que fuera tan caballero, que el silencio no la ponía nerviosa. Esa tarde aprendió sus gestos, memorizó sus tonos, asimiló sus inspiraciones y anticipó sus exhalaciones. Entonces el sacerdote carraspeó, y ella tuvo que apretar los dientes para no reír. Carlos no lo habría aguantado, le hubiese empapado la cara con la baba de las carcajadas y lo habría mareado un poco con el humo tosido del cigarro. Después de todo ¿Quién era él para carraspearle a ella? Pero volvió la cabeza con un falso gesto distraído y le respondió con indiferencia que la otra mitad la pagaba mañana. Que estaba esperando un dinero de Carlos. Ahora Carlos entra y le rompe la nariz de un golpe. Ahora el sacerdote se sienta y suspira simulando entender.

El borde de la mesa es tan falso como la luz a través de la ventana, como el ruido de una polilla, como los propios ojos mirando. La sensación es agotadora. Carlos la mira con las cejas tan levantadas que le duele. Lo peor es que le tiemblan las manos. Adriana contempla fijo el borde, y piensa en algún otro ahora, donde es capaz de decir algo, responder con ironía, insultarlo, algo. Pero en este ahora, los gestos ya no tienen mucho sentido. Piensa de pronto en el cuadro en el estudio, en que quizá lo habría entendido si le hubiese dado más tiempo. El sacerdote la miró con falsa preocupación. “Hija mía, el tiempo no es tan importante, pero…”. A Carlos le habría molestado esa frase. Aún mirando el borde de la mesa, Adriana le respondió que había invertido mucho en la boda, y que aún tenía que buscar un lugar donde vivir. Ahora Carlos le dice que va a comprar cigarros a la esquina, mientras ella se queda mirando la mesa del bar con ojos húmedos. Ahora el sacerdote le dice que cancelar una boda también le significa un gasto. Ahora se aleja y ya no hay más Carlos.