Esta es la historia de un niño que hablaba su propio idioma, muy simple y conciso, pero que expresaba todas esas cosas que quería decir, con una especifidad asombrosa. Lo que ocurría era que, cada vez que el niño veía, pensaba, escuchaba o sentía algo, inventaba una palabra, solo una palabra, que expresara exactamente esa idea, ese objeto, ese momento, ese instante inmensurable. Así, el día 4 de abril de 2005, a las 17 horas 8 minutos 44 segundos 5 centésimas y 0 milésimas, el niño vio que una hoja de papel acostada en la mesa del comedor se levantó ligeramente, justo en el momento en que su madre abría la ventana del baño. El niño, feliz con el momento, dijo “folinpla”, y entonces ese momento se llamaría folinpla para siempre, en su original idioma personal.
En otra ocasión, el niño bautizó “jkamirae” al acto de ir a la habitación de su hermano mayor para decirle que el almuerzo de tortilla con arroz estaba servido en la mesa, un jueves veintidós de septiembre de 2001 a las 2 y cuarto de la tarde. Y así, un chbacril ocurría cuando leía la palabra “interesante” en la portada del Mercurio de Valparaíso del 7 de mayo de 2003 en el sillón que usa su papá para leer el diario, siempre y cuando vistiera pantalones cortos verdes y su hermano escuchara “Happiness is a warm gun” a todo volumen en su pieza. Y agrimpto era ese momento cuando su profesora le dijo que hablara más fuerte en la clase de Matemática, y él respondiera que “6”. Aunque su idioma privado contaba con más de trescientas palabras, él jamás usaba ninguna más de una vez, y el lenguaje evolucionaba tan rápido que ni siquiera él recordaba más de cuarenta o cuarenta y cinco términos.
Un día, su mamá le preguntó que le pareció el programa que recién había visto en la tele, y él le respondió que le pareció oglimporní. La mujer, que era completamente analfabeta en el idioma de su hijo, se preocupaba sobremanera y tenía largas discusiones con su marido al respecto. Aunque él desestimaba que fuese algo serio, ella se salió con la suya, y haciendo un par de llamados y acordando algunas citas y formas de pago, consiguió que hijo fuera a una fonoaudióloga.
El niño realmente odiaba estas sesiones. A las tres primeras que tuvo, las llamó rufmmant, ohjktri y hasta gglubco. La fonoaudióloga, convencida que el problema del paciente consistía en un desorden más profundo, le recomendó a la madre que llevara a su hijo al psicólogo. Ella inmediatamente obedeció, aterrada por el futuro de su niño, y lo llevó al mejor profesional que su dinero pudo comprar. El chico disfrutó mucho más estas sesiones. Realmente sentía que el hombre alto y canoso podría llegar a comprender un poco de su idioma, aunque sin duda le faltaría mucho para llegar a ser un prolijo hablante. Por ejemplo, cuando el niño le dijo que a la puerta werchudsca, el hombre le preguntó si con eso se refería a “cerrada”. El niño le contestó que para nada, que werchudsca significaba que la puerta del Dr. Henríquez tenía un olor que le recordaba una vez cuando tenía cuatro años, en la piscina de la Universidad Santa María y tragó un poco de agua sin querer. El doctor, con una sonrisa, anotó algo en su cuaderno, se quedó callado un par de minutos y le respondió que este momento, para él, era megriztaquia.
Esa tarde pasaron la hora entera hablando en el idioma del niño, describiendo todo aquello que veían, olían, pensaban, recordaban, decían y hasta aquello que no sentían ni conocían, pero que podían darle nombre. El niño, feliz, salió de la consulta creyendo opnic, y que lo había pasado bshurtólera.
Pasaron las semanas y la mamá, viendo que su hijo cada vez más hablaba mejor el idioma, decidió que las sesiones con el psicólogo no funcionaban, y lo canceló. El psicólogo trató de explicarle diciendo: “Su hijo ha creado algo muy hermoso, un idioma propio para describir lo que le rodea, un mundo a su medida en el que cada cosa y cada momento es único, un verdadero polrtido”. La mujer, luego de gritarle al hombre durante quince minutos, salió del edificio convencida de que todos los psicólogos estaban locos.
A partir de entonces, la mamá y el papá decidieron castigar al niño cada vez que decía una palabra en su idioma, dándole una cachetada en la boca o mandándolo a su habitación con un grito. Con el tiempo, el niño aprendió a no hablar más en su lengua frente a otras personas, y años después terminó por olvidarlo por completo. Creció, estudió mucho y se volvió un exitoso psicólogo.
Todo esto lo cuento porque el otro día, cuando este psicólogo le preguntó a su hijo por qué no quería comer la ensalada, él le respondió que ufgchaia. Le pegó una patada tan fuerte en el poto que el pobre chico no se pudo sentar bien en toda esa tarde.