Manos sosteniendo el vacío
A veces me pregunto, ¿Qué pasaría? Entonces salto la reja, y por un segundo estoy seguro de que voy a caer bien, pero termino con los dientes en las manos y un ojo ciego y deforme. Seiscientos años deambulé como mendigo, (más o menos) vi muchas cosas de este mundo y del otro, nadie mira a los diferentes y así podemos caminar por entre vivos y muertos a placer.
Un día, no recuerdo la era, discutían un grupo de hombres en la plaza del pueblo, sobre si ahorcar o no a un ladrón de 13 años. Tanto tiempo había pasado desde que soltara sonido alguno, por la vergüenza de mi sonrisa vacía, que mis palabras tardaron mucho en cobrar sentido. Sorprendidos vieron los hombres de ropas blancas como este mendigo curco, ciego y mudo lanzaba casi imperceptibles pero poderosos argumentos, citando la ley imperante y los ejemplos de otras civilizaciones ya prácticamente olvidadas, con la intención de ablandar sus razonamientos y permitir que liberaran al muchacho. Sabía que no lo harían, pero tantos siglos han pasado ya que poco me importaba que me ahorcaran también. Lo intentaron, pero resulté imposible de matar. Cansados y decepcionados, nos dejaron ir a ambos.
Cuatrocientos años anduvimos recorriendo el mundo como músicos ambulantes, y aunque él me amó y yo hasta cierto punto también lo amé, mi vejez y mi vergüenza me impidieron hacer más al respecto. Yo tocaba el mandolín y él cantaba por algunas monedas, que cambiábamos por vino y tabaco, sin un plan muy seguro. Cuando llegamos al fin del mundo, acordamos tomar caminos separados, él hacia el sur, tomando la ruta del primer río, y yo decidí seguir avanzando más allá del mundo, triste en el pensamiento que no quedaba nada para mí allí donde había estado.
Creo que fueron cuatro mil los años en absoluta oscuridad y soledad. Caminé la mitad de ese tiempo, pero cuando ni mis piernas ni mis manos podían seguir soportándome, decidí sentarme a esperar para siempre.
La luz me habría cegado si hubiese podido reconocerla, pero ya no sabía qué era eso. Tampoco los pasos que retumbaban como explosiones en el silencio absoluto. No me importaba que el calor golpeara mi rostro, ni que figuras vagamente familiares estuviesen frente a mí. Uno de ellos me arrancó de la oscuridad y me acercó a la luz. “Aquí encontré otro”, dijo sin mucha emoción, y me guardó en su bolsillo.
Doscientos años recorrí el mundo, pasé de las manos de un minero a las de un narcotraficante, fui usado para comprar un avión, y tres guerras estallaron gracias a mi. Sentía tanto odio hacia los hombres y su desprecio de todo lo que les rodea, que me encerré en mi mismo y me volví negro, pesado y radioactivo. Sin que ellos supieran, maté a una civilización entera en cuatro generaciones, y acabé con toda la vida a varios cientos de kilómetros a mi alrededor.
Por treinta millones de años fui un desierto, inhóspito e interminable. Hasta que llegó el agua, un día cualquiera, sin aviso, y me inundó. Sentí alegría de nuevo, o lo que creo que era alegría. Entonces me convertí en reja, y así viví feliz por casi 25 años, hasta que, curioso, me pregunté qué pasaría.
1 comentario(s):
G-E-N-I-A-L!
Salud!
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