En la agradable tertulia organizada en honor a la resurrección de un Conde inglés

Uno de ellos, el que al parecer menos interés mostraba por mi persona, me preguntó desdeñosamente qué podía recordar yo luego de que mi corazón se hubiese detenido. Lo cierto es que si hubiese recordado algo, nada le habría dicho: no los soporto a ellos, a los errantes bobalicones que rodean como polillas a las frágiles luminarias, dispuestos a apoyarse en ellas y así imprimir su propia sombra en las paredes. Pero como en realidad nada había que contar, decidí contarlo todo. Humedecí mis labios, hambriento de mentiras, de falsas miradas condescendientes y de comentarios ilustradores que dieran cuenta de similares anécdotas, y llenando de aire mis repuestos pulmones, procedí a referirme a los sucesos que, en el fondo, jamás habían ocurrido.

-Interesante -insinuó otro de ellos, sonriendo goloso por su intervención- ¿Y es posible que tales recuerdos no le asusten? ¡Por Dios! Si hasta los más fieros podríamos empequeñecernos ante imágenes semejantes.
-Términos como el miedo no se aplican en tales condiciones –apresuré a cortar bruscamente su participación, irritado por los comentarios imbéciles- lo cierto es que me sentía apagado, sumergido en oscuridades que no concebían humanidad o sentimentalismos; me sentía, caballeros, desnudo, puro. Era nada en medio de caos.
-Ilústrenos mejor, por favor. Es tan difícil imaginarlo…
-Por supuesto, madame. Verá, fue como despertar dentro de un ataúd. Como estar de pronto encerrado en un mínimo espacio, tan a oscuras que su propia mano le fuese invisible, tres metros bajo tierra, incapaz de movimiento alguno y rodeado de absoluto silencio.
-¡Dios mío, debió ser terrible! –gimió hipócrita mientras agitaba gentilmente su abanico.
-Au contraire, madame. Le recuerdo que hablé de desnudez ¡No se sonroje madame, no ese tipo de desnudez! –no pude evitar sonreír con superioridad, en su cara, de su bochornosa estupidez ¡Le hablaba de mi muerte terrenal, y ella insistía en ruborizarse ante la imagen de mi carne!- Me refiero a una desnudez espiritual. Como también le comenté a Sir Thinslate, el miedo no era una posibilidad en tales condiciones. Tampoco la felicidad, comprenderá, o el amor. Se estaba solo frente a la nada. Y solo nada había.
-¡Qué fascinante! –dijo otro detrás mío, alzando su copa y buscando miradas cómplices. Estaba a punto de golpearlo en la cara- Al morir, volvemos a un estado primitivo, regresamos a ser animales privados de razón ¡Qué fascinante!
-Cállese, Lord Pillsburgh. Por supuesto que aún tenía mi razón ¿cómo, acaso, quiere que recuerde todo lo que estoy narrando? Soy un hombre, no un animal. No sea idiota

Todos bajaron los ojos, incomodados. Tal ofensa merecía, al menos, una discusión; más aún, merecía un duelo. Pero ese cobarde de Pillsburgh esquivó el insulto, con un asqueroso ademán y un largo sorbo de su copa. Sonreí. Jamás se atreverían a enfrentarse a un convaleciente. Su supuesta humanidad se los impedía, al menos en público. Después de todo, yo era entre aquellos estúpidos un hombre importante, de temer: conocía los secretos de la muerte, y era capaz de revelarlos. Me sentí fuerte. Me sentí invencible.

-Déjenme decirles algo más, malditos tarados –continúe excitado-. Ninguno de ustedes, llorones mimados, tiene la más mínima idea de lo que están hablando. Se cagarían en sus pantalones antes de pasar por lo que yo pasé; sus mariconerías frufrú me son asquerosas. Mejor cállense, si quieren que siga. Y tú vieja hipócrita, para de agitar esa estupidez. Hace un frío de mierda, no es necesario tu abanico.

Casi se desmaya de la sorpresa, instantáneamente dejó de mover su mano y se puso pálida como si estuviese enferma, miró a todos lados y no pudo pronunciar palabra. El resto de los que me rodeaban estaba igual, anonadados por mi respuesta. Pillsburgh intentó hacer algo, se llevó la copa a la boca y casi se ahoga. Sir Thinslate dejó caer su monóculo. Lord Phillys y Mister Rouguet se rascaron las cabezas, lo que los hizo parecer monos ridículos. Reí a carcajadas.

-Váyanse a la mierda, yo no sigo. No vale la pena gastar tiempo con ustedes. Este lugar me tiene enfermo, no hay un par de bolas en este palacio elegante y ustedes insisten en llamarse caballeros. Hubiese preferido seguir muerto, enterrado en esa porquería de ataúd. Ni siquiera fueron capaces de notar que aún seguía vivo. Me río en sus caras, mongoloides. Y tú, vieja, ni por el trono de Inglaterra te hecho un polvo: estás hedionda, y ahora que lo pienso, sigue agitando esa cagada de abanico. Nos haces un favor a todos.

Hasta para mi sorpresa, comenzó a agitar su abanico con fuerza, mientras me miraba completamente aterrada. Eso fue el colmo. Tomé el último trago de mi copa y los dejé ahí, mirándose las caras. Mientras bajaba las escaleras del palacio, recibí por un instante un recuerdo de lo que en realidad me había pasado después de muerto, pero lo sacudí asustado. Esos idiotas jamás lo sabrían. No serían capaces de soportarlo.


(escrito hace como cinco mil años)



Vincenzo Camuccini, Morte di Giulio Cesare