Malditos periodistas

No habrá práctica para ti

Ajedrez para las masas

No sé por qué, pero Gmail no me funciona. ¿A alguien más le pasa, o es esta otra de esas conspiraciones contra mi? No puedo leer mis mails, y es harto molesto porque como ustedes bien saben (porque ustedes son los únicos que leen esto, pa' qué andamos con hueás) tenemos el examen el lunes y no puedo revisar la información...______Sheit.

Pero esta crisis mailística me ha dejado con un problema todavía mayor: desde hace una semanas llevo jugando con este subcontratado de Satanás una partida de ajedrez por correspondencia, y desde que se cayó el sistema que no le he podido responder. Y el pobre hombre está hecho un desastre con lo de su encuentro cercano con el suelo, por lo que esta partida se volvió una de sus pocas diversiones en estos días.

Así que, para continuar con la acción en el tablero, decidí convertir este partido por correspondencia en un partido por blog. Así le puedo enviar mi movida sin problemas, y además aprovechamos de abrir el encuentro al público de la interred, para que todos puedan observar la magia del más snob de los juegos de guerra. Aparte, quiero que la gente vea no solamente cómo el Hugo me da una paliza, sino que vea cómo me da una paliza y yo ni siquiera me doy cuenta de que me está dando una paliza. Así de bueno soy.

Entonces, se abre oficialmente al público esta lucha de Titanes.

Blanca: Sánchez
Negras: Espinoza

1. e4, c6
2. d4, d6
3. exd5, cxd5
4. c4, Cf6
5. Cc3, e6
6. Cf3

Se me ocurre quizás a futuro convertirla en algo así como un parkour ajedrecístico (¿Tiene eso sentido?), dejando jugadas en graffitis, diciéndolas por altavoz en el mall, mostrando fotografías, etc. Pero nada de esto lo he comentado con el Hugo, así que todos se van a enterar al mismo tiempo. Y después, quiero organizar una partida de Chaturaji.

Y si me quieren ayudar con esta partida, por favor, háganlo. Soy mucho muy malo, y lo suficientemente corrupto como para aceptar consejos a medio juego.



PS: A propósito de ajedrez, arrestaron a Kasparov. Disculpen el chiste fome, pero d7+.

Las maravillas y peligros de dormir cinco minutos más

Se ha dicho que los hombres andan por la vida midiendo cosas, pesando, comparando y llevando las mediciones hasta sus límites, sus puntos de quiebre, orque son cazadores frustrados y evolucionados. No lo sé, quizás. Sí sé que, aunque nunca he sido un gran atleta, sí hay deporte que llevo practicando ya varios años: como el Maratón, no es tan competitivo, sino de superación de mis propios límites, y la obtención de un grado sublime de conciencia, en base al conocimiento y la meditación.

Se trata, sin más preámbulos, de Llegar temprano a clases. Puede parecer ordinario, y para el inexperto lo es, pero tal como la ceremonia del té y la recitación del rosario, se requiere de una gran concentración y disciplina para alcanzar la perfección en su ejecución, y convertirlo así en una obra de arte de la técnica y el autocontrol.

La primera parte de este triatlón consiste en levantarse cada mañana. Este paso es fundamental, pues no solo es el requisito básico para poder realizar las demás, sino que la manera en cómo sea realizado va a influir en todo el resto. Un novato más interesado en llegar a la meta que en probarse a sí mismo, se levantaría a la hora precisa cosa de dormir lo más posible sin tener que apresurar los otros pasos. A los expertos, por el contrario, nos atrae la emoción de dejar correr el reloj lo más posible sin salir de la cama, hasta que sea absolutamente imperioso para intentar de hecho llegar a tiempo.

Por ejemplo, si para llegar a las 8:00 am a la Universidad, deberíamos levantarnos a las 6:30, los maestro nos levantamos a las 6:45 am, a las 7:00 am, e incluso los más osados a las 7:15 am, considerando que el viaje tarde media hora. Es una prueba de valor, de resistencia psicológica al stress y la desidia, que puede llevar a dolorosos accidentes, como no ser capaz de llegar a tu clase, o de plano quedarte dormido y no levantarse hasta la tarde. No es fácil, y aún los más experimentados hemos pasados los límites y terminado despertándonos varias hora después de la finalización de la prueba.

El segundo paso es prepararse para salir. Aquí no hay consenso sobre la metodología a seguir y el orden de los componentes: bañarse, vestirse, desayunar, lavarse los dientes, etc. La Academia suele recomendar que el baño venga antes del vestido, pero se han visto partidas en las que los jugadores no se bañan, o no desayunan, o incluso salen a medio piyama. Todo depende de las características del jugador y cómo haya pasado la prueba de levantarse. Personalmente, yo no puedo salir sin bañarme, pero soy capaz de sacrificar el desayuno por recuperar preciosos segundos perdidos. Otros quizás no se bañen, pero tienen que desayunar para soportar el resto de la competencia.

La última prueba es tal vez la más emocionante del triatlón, y consiste en la transportación para llegar a destino. Dependiendo del punto de origen y el trayecto, el medio puede variar: en bicicleta, a pie, en microbús, en taxi, en metro, en barco, en avión, etc. Además, para agregar dificultad, se debe considerar el poder adquisitivo del deportista y los tiempos que haya perdido o ganado durante las etapas anteriores. Todos los estudiosos coinciden que esta prueba es en la mayoría de los casos de tipo puramente decisional, aunque en aquellos medios que impliquen tracción humana (corriendo, bicicleta, skate, etc.), la fuerza física puede o no considerarse un factor determinante.

Mucho tiene que ver con los datos que hemos recopilado con anterioridad: en mi caso, debido a la distancia del objetivo (la Universidad) me es imposible recurrir a medios de tracción humana, y así mis alternativas se reducen considerablemente. Cuando tengo buen tiempo, recurro generalmente al microbús, que tarda 30 minutos, pero en casos de extrema urgencia o de tiempo precario, puedo llegar a tomar colectivo, que demora 15. El azar suele jugar parte también en esto, pues puede ocurrir que la micro se quede pegada en Libertad, o que todos los colectivos pasen llenos, o que los conductores anden acelerados, etc.

No podemos dejar de notar que este normalmente sano deporte puede traer consigo riesgos: la adicción al peligro (también llamada dopping de flojera o megalomanía de última hora) ha cobrado gran cantidad de víctimas fatales. ¿En qué consiste esta lamentable drogadicción? En que los deportistas, hambrientos por la adrenalina y los segundos extras de sueño, dejan avanzar el reloj más y más hasta llegar a niveles enfermizos, que causan estragos en la etapa de transportación. Sabiendo que cuento con algo de dinero, me dejo llevar por Morfeo hasta que la única salida es tomar el colectivo, gastando más para poder llegar a la maldita prueba de Formulación de Proyectos. Este es el primer paso de la adicción.

La pregunta que éstos deportistas se hacen es: ¿Cuál es el límite?

Porque para dormir un poco más, voy a tener en el futuro que tomar un taxi, extremadamente más caro, o comprar los cuatro asientos del colectivo. ¿Y si duermo más? Voy a tener que conseguirme un helicóptero, que según he averiguado me dejaría en la Escuela en 8 minutos. Pero ya me hice adicto a la adrenalina, y solo puedo dormir más si me lanzo en cohete dirigido, con un tiempo de 30 segundos. Después de eso, solo me queda inventar la teletransportación, que me permitiría dormir hasta las 7:45 (porque hay que tomar en cuenta el baño). pero para poder superar esa marca, tendría que jugar con la materia misma del Universo, el continuum espacio-tiempo, y construir una máquina que me permita levantarme a las 2 de la tarde y viajar al pasado para llegar preciso a la Escuela.

Ya que he roto la barreras de la física, nada me prohíbe dejarme estar por días, meses, incluso años antes de volver al pasado y llegar puntualmente a clases. ¿Dé dónde saco mi adrenalina, entonces? Pues, obviamente, de lograr alcanzar la inmortalidad, y vivir durante milenios y milenios, ver caer civilizaciones y surgir imperios, observar con mis propios ojos la formación de montañas y océanos, presenciar la extinción de mi propia especie y convivir con las nuevas formas de inteligencia que habiten este planeta. Y luego, cuando me haya aburrido, viajar al pasado y sentarme en mi silla a hacer la prueba de Formulación. Este es el peligro que todo entusiasta del deporte de Llegar temprano a clases enfrenta en su día a día. Y ni siquiera somos capaces de concebir hasta dónde los Gran Maestros del Deporte Flojo nos llevarán después.

Pero, hasta entonces, habremos de conformarnos con llegar un par de minutos tarde...

La larga vuelta para llegar a donde mismo

Muy de vez en cuando, algo así como dos o tres por año, un hombre canoso y barbón, en la decadencia de sus cuarentas, sube una colina. No una demasiado alta, pero lo suficiente como para separarse físicamente de los ruidos y congojas de la vida citadina. Cuando alcanza una altura considerable, se sienta mirando a esa urbe de la que viene, la trata de ver como un todo, como un ente completo que vive, crece y se alimenta. Respira profundamente, se sienta, saca un sánguche de que queso y mermelada, y empieza a meditar.

Durante unas siete horas, piensa con los ojos cerrado en todas las noticias que ha visto, en los ruidos que lo molestan, en las películas porno, en los alimentos que dejó tirados, en los vagabundos, en las palabras que desperdició por decir lo que otros esperaban que dijera, en los gestos y oraciones que lanzó sin pensar lo suficiente, cuando se sintió una persona ridícula, insignificante, amargada, triste, o superficialmente alegre, satisfecho, enamorado, rebelde, sarcástico o mañoso, en los rostros que observó sin reconocer, en las listas que hizo para ordenar el mundo, en las listas que no hizo porque no quería ordenar el mundo, en los amigos que le parecieron tan aburridos un día junto a las cervezas, en las frustraciones inútiles, las útiles también, en las mentiras, las verdades, los cigarros, los comerciales, las bocinas, los miedos y las envalentonadas. Piensa en todo aquello que lo hace feliz, y lo da vuelta. Hasta quedar completamente en blanco.

Entonces, ya iluminado, saca su escopeta de la mochila, la carga y espera sentado mientras pasan los días. "Solo me queda mi nombre", dice en voz alta. "Al próximo que se me acerque, lo mato de un tiro entre los ojos".

Entonces el hombre canoso y barbón, que por cierto tiene nombre, y apellido también, espera durante días y días, hasta que alguien se acerque. Suele ocurrir que alguien llega. Entonces el hombre levanta su escopeta y apunta. Pero entonces se da cuenta que es alguien que conoce, así que guarda el arma y se levanta. Se le acerca en gesto de abrazarlo, pero en el último segundo se arrepiente y le da un cabezazo justo entre los ojos. El amigo queda tirado, sangrando e inconsciente, mientas el hombre baja silbando hasta la ciudad.

Esto, como ya mencioné, se repite unas dos o tres veces por año.

Sobre las drogas y los medios

Me gustaría algún día escuchar una noticia positiva sobre LSD en la tele, ¿Eso sería digno del noticiario? Al menos una vez, que muestren una visión objetiva de los dos lados:

"Hoy, un joven en ácido descubrió que toda la materia es energía condensada en una baja vibración, que somos todos una sola conciencia experimentándose a sí misma subjetivamente. No existe tal cosa como la muerte, la vida no es sino un sueño, y somos la imaginación de nosotros mismos. Y ahora, Tom, con el tiempo"

Pero no, siempre nos queda escuchar:

"Joven en ácido, pensó que podía volar, saltó de un edificio. Una tragedia..."

No culpen a las drogas, culpen al imbécil que saltó del edificio.


del repertorio de Bill Hicks
(modificado para adaptarlo a este formato)

de Bill Waterson

Post nostálgico

Esto lo escribí el 2005, en una página de por ahí...

Acerca de la verdad intrínseca de la nictalopía y su uso terapéutico en la dermatología Antártica, concuerdo con la imprudente desfachatez de Virginia Woolf al balbucear que caben 8 camellos en los ojales del Edén. Sudando una correcta digresión, no puedo dejar pasar el hecho de que el ciclo de la vida parece ser fucsia, como lo declaran estudios celibatarios recientes, porque

z) Los lápcies escriben hacia abajo
y) Al hablar frente a un ventilador, tu voz suena rara
x) Todo es lo que parece

En conclusión, David Koresch vive en nuestros riñones.

Las cosas no han cambiado tanto...

Mensajeros

Se les dio a elegir: podían transformarse en reyes, o en mensajeros de reyes. Eran niños, eligieron como niños: todos prefirieron ser mensajeros. En consecuencia, solo existen mensajeros que corren por el mundo, a los gritos, transmitiéndose unos a otros, puesto que no hay reyes, mensajes insensatos. A estos mensajeros les gustaría terminar con su miserable existencia, pero no se atreven a hacerlo, porque sus juramentos profesionales se los impiden.


Franz Kafka, Parábolas y Paradojas

Ya no importan los títulos

Fue un día igual que todos los demás. No sé por qué insisten, ellos, en decir que existen otros días, especiales, únicos. Esperamos en la oscuridad de la playa que el Sol saliera por el lado que sabíamos que debería salir, pero resultó que fue igual que los otros días, tantos días en que esperábamos en la oscuridad de la playa que el Sol hiciera lo que ya no hace, que nunca va a hacer

Ella estaba tan decepcionada, sé que hacía el esfuerzo amigable por no llorar, y me sonrió para decirme que daba lo mismo, que fue un exceso orgullo en nosotros mismos creer que el Sol esta vez, solo esta vez, saldría en un lugar que íbamos a poder anticipar. Ahí estaba, mirándonos satisfecho, gigantesco como nunca ningún ser humano lo había visto antes. Corrimos a su casa a protegernos, como dijeron en la televisión. Ella, sin embargo, corría más despacio, no quería llegar al lugar al que siempre íbamos, ni decir lo que siempre decíamos.

- No, nada especial –respondí a su madre, que esperaba en la ventana, sin duda con el alma en hilo porque habíamos llegado un poco tarde. Pero ya habíamos llegado tarde otras veces.

Fui a la cocina y prendí el horno para hacer el desayuno, ella se sentó a ver televisión y escuchar las noticias, lo único que hacía en tres semanas. Su madre me dijo que estaban dando otras cosas, en otros canales, probablemente el único servicio que ellos sintieron que podían ofrecer a estas alturas: películas musicales, historias, dibujos animados, una mirada a un mundo que se desvanece. Hice un gesto como otros que he hecho y seguí cocinando. Huevos con arroz, lo único que quedaba en las despensas o en el closet, debajo de las camas, en el jardín, detrás de los cuadros, flotando en el wáter. Huevos y arroz. La desesperación de un desayuno repetido.

Alcancé a oír al periodista decir que quedaban pocos días. “Hay que disfrutar cada momento, son los últimos que nos quedan”. Escuché cuando apagó el televisor. Apareció a mi lado y prendió un cigarrillo. Ni siquiera necesité mirarla para saber que su rostro no me iba a decir nada, no lo había hecho desde que todo esto comenzó. Eché aceite en la sartén caliente y tiré los huevos, haciendo ese ruidito que tanto me molesta.

- Esto parece un cuento –dijo.
- Sí, un cuento. Un cuento fome.
- ¿Arroz con huevos otra vez?
- No hay otra cosa.

Me podría haber dicho otra cosa, pero me dijo lo que ya me había dicho antes. Ya ninguno de nosotros tenía ganas de tener nuevas ideas, con este calor insoportable. Hubo una época en que los días eran diferentes, y ella decía cosas que me sorprendían, y yo la hacía reír contándole de la gente que llegaba a reclamarme, sin tener idea de por qué los habían mandado a hablar conmigo. Apagó el cigarrillo en el cenicero junto a la ventana y salió. Eché la comida en los tres platos y salí yo también. Su madre ya había hecho la mesa del comedor. Nos sentamos los tres y comimos en silencio, aburridos y cansados. Ella retiró los platos y lavó todo canturreando una canción de Madonna. Me fui a recostar, para acortar el tiempo, tratar de dormir. Pero otra vez miré el techo durante dos horas, sin pensar sino en el techo sobre mi cabeza, durante dos horas. No he dormido en semanas: el calor de los días ahoga, las noches duran cada vez menos. No se puede abreviar lo inevitable, esquivar las repeticiones de días cada vez más simples, necesidades cada vez más básicas. En la televisión solo quieren hacernos recordar, insertarnos en los segundos eternos que nos quedan; nos piden que abracemos nuestras vidas, besemos a nuestros seres queridos, disfrutemos de los otros días, especiales, únicos. ¿Cómo podemos agradecer que mañana será otro día, si nos separa de lo inevitable, de lo único cierto que existe, que absorbe todo lo demás y lo unta en una capa de repeticiones, de objetos, de personas, de un calor que nos divide y nos inserta en la realidad de que no habrán más sorpresas?

Ella entró en la habitación y me pasó el vaso de agua sin hacer ningún ruido. Sentí su silencio como la suma de todos nuestros silencios, como un largo silencio que, en realidad, nunca fue interrumpido.

- Deberíamos divorciarnos –dijo, con voz monótona, como quien habla del calor.
- ¿Para qué? Como que a estas alturas da lo mismo –le respondí mientras tomaba un sorbo del agua tibia y verdosa.
- No sé. Todos los días digo lo mismo.
- Sería extraño si no lo hicieras, como si algo estuviera pasando entre nosotros. ¿Quieres acostarte a mi lado?
- Recuerda que te odio.
- Yo no soy responsable de nada de esto. ¿O quieres hacer la hipocresía de llorar, ahora?

Quedamos en silencio. Afuera podía oír el caminar monótono de su madre, y el rastrillar de la escoba sin pelos con que limpiaba el pasillo. Nadie estaba seguro de cuándo se acabaría el mundo, ningún científico podía dar una respuesta definitiva. Podría ser mañana, dentro de un mes, en los próximos 15 minutos. Y al final daba lo mismo. Dejé el vaso vacío junto al velador, y poco a poco fui perdiendo el conocimiento, me quedé dormido mientras ella me acariciaba el pelo.

Cuando desperté, las dos ya se habían ido.